Cultura, La Feria

Un tesoro escondido entre las montañas de Santa Elena

un-tesoro-escondido-entre-las-montanas-de-santa-elena

Por Andrea Rendón

Entre naturaleza, tazas de café y animales, se cuenta la historia de este lugar.

Tras una hora y 15 minutos de recorrido entre la carretera que comunica a Medellín con Santa Elena, se logra ver sobre la izquierda un cartel que dice “Aguas bravas”, allí se baja por una pendiente hasta encontrar “La Casa Grande Hacienda”. 

En su entrada se encuentra Elizabeth Cruz, piel morena, ojos negros, contextura delgada y acento mexicano, y es que nació en el país azteca, pero conoció a un colombiano que le robó el corazón y terminó viviendo con él en este lugar. “Me  enamoré de la cultura y la historia que tiene este país”.

La casa fue construida en 1853 y se encuentra sumergida entre las montañas de Santa Elena, es de color blanco con algunos detalles en  rojo y está hecha de tapia, una mezcla de barro con caña de azúcar y estiércol de caballo. En Antioquia quedan pocas diseñadas con este material y esto la diferencia de las demás fincas cafeteras que se encuentran aledañas. Tanto así, que el Estado ha querido declararla Patrimonio Inmaterial del departamento, pero ellos se han negado porque quieren seguir conservándola como suya, como un legado que va pasando de generación en generación.

Sin embargo, este espacio no siempre estuvo tan cuidado como ahora, Elizabeth cuenta que en la época de la violencia de Pablo Escobar la familia de su esposo tuvo que irse para Estados Unidos y dejar la finca. Incluso, en reiteradas ocasiones, pensaron venderla, pero muchos miembros de la familia se oponían, así que la dejaron un tiempo y regresaron diez años más tarde y el lugar estaba completamente abandonado, así que ella y su esposo, empezaron poco a poco a reconstruir este espacio y a vivir nuevamente allí.

En medio de los arreglos fue como se les ocurrió empezar a cultivar el café, a crear espacios para que locales y turistas pudieran conocer más sobre la historia del corregimiento y de uno de los productos insignias de Colombia.

Así comenzaron a realizar recorridos contando la historia del grano, de la casa y también sobre los silleteros. Por 160.000 pesos por persona, se adquiere un paquete que incluye el transporte, un guía bilingüe, almuerzo típico y finalmente, una cata de café.  

El espacio cuenta con grandes zonas verdes y caminos en piedra, por uno de ellos, dice Elizabeth, la abuela era recogida por los silleteros de Santa Elena, para ser llevada hasta la escuela, porque en aquella época las silletas eran un medio de transporte utilizado por los más pudientes de la zona.

“La Casa Grande Hacienda” hoy es el hogar de perros, gallinas, pollitos, cabras, entre otros animales. En el lago incluso, pueden observarse peces koi, entre los que se destacan los de color dorado y salmón.

Allí inicia Elizabeth el recorrido, pero no sin antes ponerle un poncho, carriel y un canasto, a los turistas. Esto con el objetivo de que se sientan por completo como recolectores de café. Explica cómo inicia la vida de estos granos, muestra unos cultivos diminutos, donde apenas comienzan a crecer.

Después se sumerge por completo en los cafetales, mostrando que generalmente crecen debajo de plataneras, “porque para que el proceso de café sea satisfactorio, les debe dar sol y agua, pero nunca en exceso y estos palos de banano ayudan mucho con esto”, comenta mientras los enseña.

En este mismo lugar, hay unos huecos sobre la tierra y son espacios especiales para que los turistas planten su propio cafeto y en simultáneo a lo largo del recorrido, recolecten los granos rojos que van encontrando a su paso.

Mientras saluda a uno de los caficultores, Elizabeth cuenta que ya casi nadie se quiere dedicar de lleno a esto “porque es un proceso muy largo, que requiere dedicación y las nuevas generaciones no tienen esa paciencia, a todos les gusta el café, pero muy pocos se toman el trabajo de conocer todo lo que hay detrás de una taza”, explica.

Los meses en los que se recolecta son mayo y noviembre, pero hay que trabajar la tierra y los cultivos todo el año para que puedan dar un buen fruto.

Después de que los turistas plantan su propio árbol y conocen un poco más sobre el café, están listos para la cata. Allí Elizabeth toma diferentes tarros y comienza a poner café en tazas para que las personas lo huelan “porque eso es lo que hace un buen catador”, plantea. Luego agrega agua caliente a las diferentes tazas y las revuelve con una cuchara que previamente ha sido untada con agua caliente, esto según ella, porque hasta el más mínimo detalle influye en el sabor. Cuando pregunta cuál sabe mejor, generalmente la respuesta tiende a ser la misma: el café comercial. La explicación es que el paladar está tan acostumbrado a este que ya lo reconoce, cuando la textura de un buen café, debe tener notas frutales y dulces y no ser algo completamente amargo. 

Y entre tazas de café e historias que cuentan el origen del lugar llega el recorrido a su fin y queda la certeza de que en cada rincón de Santa Elena hay una historia para contar y aprender, solo basta con estar atento para escucharla.

Compartir
shares