Cultura,

La vida secreta de un bonsái

la-vida-secreta-de-un-bonsai

Por Maria Paula Hernández

Desde hace más de dos mil años en China nació una tradición que perdura hasta nuestros días: cultivar árboles a escala como expresión del equilibrio entre la naturaleza y el ser. 

Es fácil imaginar que un pequeño pajarito se pasea entre sus ramas o que un viajero cansado se tiende a su vera. Las formas de sus copas y los rasgos de sus tallos asemejan árboles de algún cuento infantil, escenografías fantásticas de una historia de hadas. Cada uno cuenta una o mil historias: son la expresión de horas y horas de trabajo de un cultivador que se entregó a la contemplación de la naturaleza para imprimirles las características que les otorgaría el viento de la intemperie, el calor de un rayo en medio de la tempestad. 

Cultivar bonsáis es un arte y, como tal, cada quien puede hacerlo de manera diferente. Va mucho más allá de conocer las necesidades de una especie particular o de estudiar las diferentes técnicas que se han desarrollado a lo largo y ancho del mundo: crear árboles a escala, mimarlos hasta el cansancio, es una práctica milenaria que implica conectarse con la naturaleza para apagar la mente y entregarse a un viaje espiritual.

“Meter árboles en materas es jardinería. Pero lo que siente la persona, esa conexión con la naturaleza, es lo que llamamos bonsái”, dice Oswaldo Copeland, químico de la Universidad de Antioquia y cultivador de bonsái desde hace 42 años. 

“Cultivar bonsái te permite apagar el switch de la mente y entrar en esa concentración. Tus manos dejan de ser tuyas y solo te entregas a lo que estás realizando. El bonsái nos pone en un estado alfa porque esto es una meditación activa”, expresa este antioqueño que ha dedicado su vida al conocimiento de esta práctica y que hoy decora su jardín con más de 3.000 unidades, algunas de las cuales están expuestas en el Centro Comercial San Diego por motivo de la Feria de las Flores. 

Expresión del espíritu

Se dice que cuando los monjes iban de China a Japón, llevaban en los bolsillos de sus túnicas pequeños ejemplares de árboles. Así fue como llegó hace 800 años esta práctica al país insular, donde fue adoptada por la filosofía zen junto a las artes marciales, la caligrafía y la ceremonia del té como una de las formas en que podemos “resetear la mente. Cuando cualquier aparato electrónico está lento lo apagamos para reiniciarlo. ¿Pero cómo nos reseteamos nosotros? Lo tiene que descubrir cada ser humano”.  

Solo hasta 1886 llegaron los bonsái a Occidente, cuando en París se realizó una exposición de artes y ciencias. Los ejemplares que llegaron eran pequeños y entonces se creó la idea errónea de que bonsái es sinónimo de pequeño. 

“Y en realidad bonsái es un árbol a escala. No importa si es de cinco centímetros o de cinco metros. Es la relación entre el grueso del tronco, y el tamaño de la hoja y de la flor. Es una sinopsis, una caligrafía de la naturaleza”. 

Esa búsqueda del equilibrio se manifiesta en cada uno de los cortes y modificaciones que se van haciendo sobre el árbol que se está cultivando con la técnica bonsái. “Todo se resume en la relación entre lo que hay en la raíz y en el área foliar; un equilibrio entre lo que hay en el suelo y en la parte aérea mediante podas”. 

Se trata de seguir principios fundamentales de la vida, que aplican tanto en árboles cultivados con esta técnica, como en aquellos que crecen sobre las montañas. “No es una colombina verde. Debe haber espacios, un ordenamiento. Cada que podes un árbol, sea un naranjo o un aguacate o un bonsái, debes permitir el vuelo de los pájaros, y eso requiere una sabiduría increíble”. Determinar el espacio que se deja entre rama y rama implica pensar en la salud del árbol, en la luz que recibirá y en las condiciones idóneas para su florescencia. “Donde hay luz, hay verde; donde no hay luz, las hojas mueren”. 

Un amor de riego diario

“No hay un árbol más contemplado que los bonsái. Es como tener una mascota o cultivar un amor”, cuenta Copeland, haciendo la salvedad de que no hay que ser exagerado: en últimas se trata de un árbol común y corriente que vive en una maceta.

La rutina infaltable: riego diario, observación permanente y fertilizante cada dos meses, aproximadamente. La naturaleza artística de la actividad orienta el resto: quitarle las ramitas que alteren la forma deseada, o modificarlas con tensores como si fueran bráquets. “Un vecino lo dejó más largo y la otra lo dejó más corto… es una expresión personal entonces hay muchos estilos”. 

La clave está en la observación de la naturaleza y en respetar el carácter del árbol. “En los parques son derechos, en las montañas van siendo más ondulados y en los riscos de 3.000 metros la gravedad los lleva a tener forma de cascada. Todo se guía según el desarrollo que uno ve de ese ejemplar en la naturaleza y en las búsqueda artística del cultivador". 

Compartir
shares