Cultura,

Huellas silleteras: memorias de un recorrido ancestral

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Por Maria Paula Hernández

Hasta mediados del siglo XX, grupos de silleteros viajaban a pie desde Santa Elena hasta la de Plaza Cisneros en Medellín a vender los productos que cosechaban.

Cada semana era el turno para una pareja diferente de hermanos. Mamá y papá solían agrupar a uno de los mayores con uno de los menores y les pedían que los acompañaran hasta la segunda parada de la ruta que estaba a unas dos o tres horas de camino. “Para que vayan aprendiendo a defenderse”, explicaban, y les colgaban una canasta con huevos y leche en la mano. José Ángel Zapata, silletero e hijo de silleteros, recuerda los pies de sus padres, moldeados por la tierra y las piedras, la rudeza del camino.

Los veían irse, desparecer entre la oscuridad. Mamá y papá se alejaban con frutas y flores al hombro y al final solo se veía la silueta delineada por la luz que emanaba de las lámparas improvisadas, tarros de latas de galletas acomodados de forma horizontal a los que se les pegaba una vela en el interior. Se alejaban con la promesa de volver al otro día al mismo punto, donde José y sus hermanos los esperarían para ayudarlos a cargar el mercado de vuelta hasta la casa.

No iban solos. De diferentes veredas y caseríos de la zona llegaban campesinos con sus silletas de flores y frutas al hombro. Se reunían en grupos de ocho o diez personas y bajaban juntos. “Cada viernes al caer la tarde salían y se iban encontrando en el camino. Eso era una romería”, cuenta Sandra Ramírez, silletera, hija de silleteros y hermana de siete hermanos: siete veces en las que su padre, Julio Ramírez, bajó a su madre en la silleta para que diera a luz en Medellín.

Se despedían y empezaba la cuenta regresiva: de Medellín llegaba la panela, el arroz y los bananos murrapos, un manjar para José y sus hermanos. “Cuando les iba bien nos traían roscones. Uno los esperaba ansioso, porque uno sabía que se iban a vender las flores para traerle comidita. Uno les ayudaba a arreglar ramitos pidiéndole a Dios que les fuera muy bien para que le trajeran cositas, lo que no se sembraba aquí”.

“Nos pedían que no nos pasáramos de cierta parte” cuenta José, porque el camino también encerraba temores. “Había muchas historias de la patasola, el sombrerón, la llorona, el hombre sin cabeza, el hojuarasquero. Cuando sonaba o caía algún chamizo de algún árbol, uno se erizaba”, especialmente en épocas de lluvia, cuando las lámparas se apagaban y el agua no dejaba que los fósforos hicieran fuego.

Había dos caminos: el de la Cuesta y el de la Aguada. “Ambos daban al lugar donde ahora están las oficinas de Arví por entre barrancas y cañadas. De ahí salían a Santo Domingo. Pasaban por el cerro Pan de Azúcar y luego bajaban al Barrio Buenos Aires, pasando por el Corazón de Jesús para llegar hasta el Barrio Boston y luego al centro de la ciudad, a la Plaza Guayaquil”.

Las rutas estaban divididas en tramos marcados por descansaderos, puntos de referencia donde era posible tomar un aire o programar un encuentro con otro viajero. Generalmente no se comía durante el camino. “Antes de salir de Santa Elena se tomaban una aguapanelita con arepa y eso les alcanzaba para todo el viaje”, cuenta José. “O el que tenía vaca le echaba leche a la aguapanela. No quedaba blanca sino pintadita porque le echaban una gota no más. También comían coles con habas y fríjoles petacos, eran más ásperos que los de ahora”.

Los que eran juiciosos se devolvían de una vez. “Los que no, se quedaban hasta una semana, hasta el miércoles o jueves. Subían el viernes por el viaje para volver a bajar”, cuenta Sandra. Don Julio, por su parte, recuerda con nostalgia la sensación de llegar a Buenos Aires, el lugar en el que finalmente se sentaban a comer y descansar antes de bajar a Guayaquil a vender sus flores.

Poco a poco las máquinas empezaron a abrir los caminos que conocemos hoy en día, y los buses de escalera empezaron a mover el desarrollo de las zonas rurales del departamento. Los trayectos se hicieron más cortos y la vida en el campo cambió, pero las memorias de la tradición silletera, los caminos de campesinos con flores al hombro, quedaron impresas en la identidad antioqueña y vivirán muchos años más. “Recordamos esos caminos con el orgullo de ser silleteros, de que por ahí pasaron nuestros padres y de que hoy nosotros somos herederos de esa tradición”, expresa José.

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