Cultura, La Feria

El viaje de los artistas al Festival Internacional de Cuentería

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Por Andrés Felipe Uribe

Los cuenteros regresaron a los escenarios del teatro para celebrar las historias y las flores. 

Llegar a un evento internacional no es fácil, y menos en una pandemia. Los aplausos, silbidos y risas acompañaron a los cuenteros en su tarde inaugural. Cada uno tuvo la oportunidad de interpretar sus historias, pero las anécdotas también abundan en su camino hacia Medellín.

  

Antioquia tiene una gran tradición cuentera, sus montañas han sido protagonistas en las obras  de Tomás Carrasquilla, Efe Gómez, Manuel Mejía Vallejo, entre otros. Pero además en el departamento pareciera que hasta nuestra forma de hablar fuera un cuento.

Y en estas mismas tierras, Rubén Corbett, un cuentero panameño, corpulento, un metro noventa de estatura y cordial, pensó que estaba en un historia de terror. Arribó al aeropuerto el sábado, casi a la medianoche. Su paso por migración fue un proceso tedioso y de tres horas.

Al terminar el trámite, salió y no vio a nadie conocido, miró su celular, ni una llamada perdida ni un mensaje que le dieran una señal. Un muchacho le dijo: “soy yo, por aquí, vamos”. Caminaron y caminaron hasta recorrer todo el bulevar del aeropuerto. 

—¿A dónde vamos campeón? —Corbett se impacientó. 

—Tranquilo, no pasa nada. —De repente un carro prendió las luces para llamar la atención, Rubén se puso nervioso, pero era el conductor que los estaba esperando.

En la carretera llovía muy fuerte, por lo que manejar era difícil. Corbett pensaba que no iban a llegar, en cualquier momento chocarían. Luego entraron al túnel de Oriente, el más largo que tal vez haya atravesado, pensó. Y los vidrios del carro se empañaron, no veían nada.

“Nos vamos a matar, no voy a llegar al festival. Esto no es posible”, se decía Rubén a sí mismo. Le pidió al conductor que limpiara los vidrios, pero no daba resultado. 

—Debe ser el cambio de clima, échale agua, —dijo. 

—No, —le respondió el chofer, eso no es. Pero ante la insistencia de Rubén, lo hizo, y la vista en el largo túnel se fue esclareciendo. 

“Por fin vengo al Festival,  y me voy a chocar debajo de un túnel, ni que fuera Lady Di. Cuando llegué al hotel me sorprendí, estoy en casa, no va a pasar nada, pero ya tengo una historia más”, se dijo el cuentero.

Los paisaportes

 

“¿Presencial? ¿y nos vamos para Colombia?” Le preguntaban todos a Jorge Ambrosio Villa o Jota, organizador del evento y director de la Corporación Cultural Vivapalabra, cuando recibían la noticia de su participación. 

 

La sorpresa que se llevaron los invitados internacionales, también se la llevó Jota al enterarse que este año no podía darles los reconocidos paisaportes, obsequio tradicional para los cuenteros. 

 

El encargado de realizarlos se había ido para Texas. “Qué berraquera, ni el pasaporte de los antioqueños van a poder tener, y cómo les facilita que los dejen entrar a Colombia con ellos”, dice Jota mientras se ríe y recuerda.

 

Un africano, Boniface Ofogo, venía por segunda vez al Festival. Llegó al aeropuerto, y el oficial de migración, comenzó a mirarlo muy confundido. 

—¿Usted de dónde es? —le preguntó.

—De Camerún —respondió Ofogo.

—¿Y viene de España?

—Sí señor, este es mi pasaporte español, yo también soy de España. Y el oficial lo miraba y revisaba de nuevo el computador.

El africano buscó en su maleta y dijo: —¡Ah! y también tengo el paisaporte.

Todos comenzaron a reírse a carcajadas y lo dejaron pasar.

—Siga, siga que usted también es paisa. 

 

“La coincidencia es que esta mañana justo, vaciando cosas viejas, me encuentro que tenía diez paisaportes guardados y muchos tienen eso como un tesoro. Entonces aparte de deleitar al público podrán recorrer el mundo con su recuerdo”, comenta Jota. 

 

Y al igual que Ofogo, Florinda Piña de México, Rubén Corbett de Panamá, Mariano Martínez de España, Nelson López de Boyacá y otros artistas locales estarán hasta el 22 de agosto con la interpretación de sus mejores cuentos. Y al servicio de un público diverso, desde ancianos o niños como Nazareth que el día de la inauguración muy efusivamente respondía a cada saludo de los cuenteros: muy bien, gracias a Dios

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