La Feria, Personajes

El Cóndor de Oriente, nuevo rey de la trova infantil

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Por María Paula Hernández y Andrés Felipe Uribe

En una noche familiar los trovadores deleitaron al público con ingenio e inteligencia. Así fue la preparación de dos de sus participantes. 

Con pancartas, camisetas y hasta retratos de los trovadores se desarrolló la final del Festival Nacional Infantil de Trova en el escenario Colombia en Ciudad del Río. Desde las seis de la tarde hasta la diez de la noche los siete niños y una niña se enfrentaron en el concurso más importante de improvisación paisa.

 

Galatea, El Cóndor del Oriente, El Paisita, Lecherita, El Brujo de Aranjuez, El Berraco, Trululu y Maxi fueron los ocho participantes que disputaron y deleitaron al público con su talento. En esta oportunidad se realizaron tres rondas con dos tandas cada una, en las cuales se utilizaron cinco modalidades, tema libre, tema impuesto, imagen, ratoneo y objeto.

 

La noche comenzó con una ronda de tema libre, en la que en parejas los trovadores debían improvisar sobre lo que deseaban. Luego se realizó el tema impuesto en el que usaron todo su ingenio y creatividad para responder mediante la trova a preguntas como ¿cuál es el mejor regalo? ¿por qué quiero a Colombia? ¿qué me aconsejan mis padres? y ¿cómo imagino el futuro?

 

Los interludios del evento estuvieron acompañados por la presentación de El Balcón de los Artistas, un espacio para mostrar lo mejor del baile y la música colombiana. Además el Festival también ofreció la oportunidad de compartir con los seres más cercanos, como es el caso de Edwin Zapata, quien estuvo con su familia y amigos, “hemos estado en el evento antes, nos gusta mucho la trova y ya es una tradición compartir en el Festival y disfrutar del talento de los más pequeños”.

 

Las barras y los gritos de apoyo fueron aumentando en la recta final del evento. A la ronda del diablo llegaron Trululu, Maxi y el Cóndor de Oriente, quienes realizaron primero la modalidad de objeto, en la que se les entregó una muñeca de trapo, un balón y una ambulancia de juguete para que improvisaran con ellos.

 

En la penúltima tanda se enfrentaron en la famosa modalidad de ratoneo, en la que uno de los trovadores dice los primeros dos versos y el otro finaliza. Y en la última se utilizó de nuevo el tema libre. La emoción de las familias se sintió en cada grito y en el movimiento de las pancartas.

 

Luego de la deliberación de los jurados, Trululu se quedó con el título de príncipe de la trova, Maxi con el de virrey, y el Cóndor de Oriente como el nuevo rey del Festival Nacional Infantil de la Trova. Jerónimo Aristizábal, o el Cóndor de Oriente, se había coronado como príncipe de la trova infantil en 2020, pero en esta oportunidad pudo celebrar el título al lado de su familia que lo acompañó con una de las barras más grandes de la noche.

“Esta es la tercera vez que participa en el Festival, ha sido un proceso de evolución para él. Llegamos con la esperanza de que fuera el Rey de la trova. Es un orgullo y una felicidad muy grande para la familia porque conocemos el proceso, el esfuerzo, dedicación y amor con el que se prepara y estudia para estar acá y estar a la altura de todos los participantes”, dice  Maria Alejandra Aristizábal, hermana del nuevo rey de la trova.

Crecer verso a verso

 

Jerónimo se enamoró de la trova a tan temprana edad que no sabe muy bien si habló primero en verso o en prosa. Desde que estaba en la cuna, su padre, Libardo Aristizábal, le cantaba trovas que no recuerda, pero todos cuentan que era feliz escuchándolo. “Y arremedándolo. Hay un video en el que tengo dos años y estoy con una guitarra gagueando, siguiendo el ritmo de las trovas de mi papá”. 

 

Sin saberlo, Jerónimo recibía la herencia del amor por la música colombiana y antioqueña de sus padres. En su juventud, Libardo había tenido un grupo de música carranguera con otros hombres de la familia, y siempre había admirado a los trovadores repentistas. “Me gustaba hacer trovas, pero las escribía”. 

 

Por eso la sorpresa fue tanta el día en que, por una dificultad de salud, estaban realizándole un homenaje a Libardo en el Concejo de Rionegro y, ante la presencia de un trovador adulto, Jerónimo empezó a responderle improvisando con tan solo seis años. “Yo mismo quedé asustado y pensé: este es para eso. Al otro día volvimos a Marinilla y empezó a asistir a la escuela de trova”.

 

En los cinco años que han pasado desde aquella vez no ha parado de trovar. Las clases empezaron practicando la rítmica básica cantando el “lero, lero”, luego aprendiendo a rimar. Tarde o temprano, llegó la hora de adquirir un nombre. “Me gusta mucho todo lo relacionado con volar, lo primero que pensé fue en tener el nombre de un ave. Pensé en el halcón y el águila, pero ya había quienes se llamaban así. Mi papá sugirió El Cóndor y me gustó. Luego yo le agregué Del Oriente”. 

 

Las presentaciones empezaron en fiestas familiares y siguieron en el colegio. Cuenta su madre, Ruby Marín, que cuando en el colegio le pedían que preparara unas trovas para los actos cívicos en casa intentaban ayudarle, “pero él no se dejaba. Se fue soltando muy rápido y fue cogiendo vuelo”. 

Hoy es un día especial

Les cuento lo que pasó

De la tiranía española

Colombia se liberó

 

Un viernes 20 de julio

De mil ochocientos diez

Fue el grito de independencia

Que soñamos otra vez

 

Los grandes escenarios llegarían después: las Ferias de la Vaca en la Torre en Marinilla y la de Las Flores en Medellín. ¿El secreto para crecer? Por un lado, leer mucho, ver mucho, oír muchas palabras, adquirir repertorio. Por otro lado, aprender a ganar y perder.

El camino de un buen trovador 

 

Durante los diez años en que Edwin Alzate “Neruda” ha formado trovadores ha podido comprobar que la lección principal para tener éxito en este arte consiste en ser humilde. “Es la primera enseñanza que les doy a mis estudiantes. Que aprendan a divertirse con la trova y que jamás se les suba el ego”. 

 

Así mismo piensa Jerónimo, quien explica que más allá de la habilidad para hacer versos, admira en un buen trovador la actitud al ganar o perder. 

 

Después de este punto vienen la gramática, las rimas, las figuras literarias, la expresión corporal, la prosémica y la quinésica. La habilidad para combinar todos estos elementos al instante en una trova improvisada se adquiere con disciplina. Y esta, a su vez, se afianza desde el juego. 

 

“El proceso de la trova no es de un solo día ni un solo mes. Un trovador se demora años para formarse. Lo que uno hace es que los pone a jugar, con las rimas, con los versos, con las ideas, y ellos poco a poco se van quedando con eso. Tiene que ser a punta de juegos: el que más diga colores, el que más diga animales, el que más diga palabras”. 

 

Son días y días de preparación para el momento en que, en menos de cinco segundos, haya que generar una trova con el número de sílabas correcto, la combinación adecuada de palabras.

 

En ese momento crucial, “lo primero es buscar campos semánticos que se relacionen con el tipo de trova a cantar según la categoría: dios, amor, la trova, la familia, los deportes, la realidad del país… luego se piensa en el final de la trova y en las palabras de los versos anteriores que van a rimar”, explica Kevin Andrés Duque “El Paisita del Oriente”, virrey nacional en el 2020. 

 

En medio de ese proceso, solo se tiene claro que hay que continuar hasta el final, agrega El Condor. “La trova me ha enseñado que nunca se debe rendir, que la vida es de oportunidades. Si me equivoco, sigo adelante”. 

Rimas entre montañas 

 

La frecuecia de las clases en la escuela varía según la etapa en que se encuentre el grupo: dos o tres días a la semana de forma regular, casi todos los días si es época de competencias. Neruda cuenta que el encuentro lo permiten, de un lado el apoyo de los padres, y de otro el entorno rural. 

 

“Moverse en la ciudad es más difícil. Mis estudiantes tienen la ventaja de que llegan fácilmente a la escuela y están en contacto con la inspiración y la vida del campo”. 

 

Para El Paisita, la conexión entre la trova y los caminos de tierra donde creció es fundamental. “Es un arte que viene de las montañas, de cuando la gente estaba cogiendo café y trovando. Uno en el campo aprende muchas cosas, palabras tradicionales, como decirle jeta a lo que otros llamarían boca. Es bueno saber eso porque de ahí viene la trova. La tradición se canta con sus palabras tradicionales”.

 

Con diez años, Kevin le canta a la finca de sus abuelos, a su perro, al frío que le eriza la piel por las tardes. Es su manera de afianzar el arte de improvisar. “Veo una cosa y saco una trova. Si está haciendo mucho viento empiezo por ahí”.

 

Aquí está venteando mucho

Por eso no le sonrío

Porque ahora con este viento

Yo siento es pero el frío.

 

Las trovas más antiguas que recuerda están cantadas por la voz de su abuela Rosalba Velásquez. “Ella me enseñaba unos versitos, y yo con esos versitos hacía trovitas que me aprendía”. Poco a poco fue afianzando la habilidad y presentándose en eventos locales, dándole continuidad a la historia de arte campesino que había iniciado Rosalba. 

 

“De niña y ahora también yo sacaba trovas, poemas, hacía mucha cosa, pero éramos en ese entonces de esos campesios que no veíamos televisión ni oíamos nada, solo el campo. No teníamos lujos. yo sacaba las coplas para el periódico El Campesino y las publicaban”, cuenta Rosalba. 

 

De su arte, Kevin admira “lo tradicional, lo berriondo que es uno, como dicen”. Conoce las historias de sus abuelos, de aquellos días en los que las rimas acompañaban la cotidianidad y un buen trovador podía vivir la vida entera sin pisar un escenario. “Y eso es lo que más me gusta. Trovar es llevar la tradición en la sangre”.

 

Por su parte, Jerónimo celebra que la trova esté volviendo a tomar fuerza en su municipio. “Es una manera de expresarnos, de vivir nuestras tradiciones con un arte muy lindo, muy poético”. 

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