En Los Barrios,
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Por: Andrea Jiménez Jiménez

Martina dice que tiene dos años, pero enseña los cinco dedos de la mano cuando le preguntan cuántos años tiene. Lleva a sus espaldas un mensaje que no alcanza a dimensionar, aunque sea una circunstancia que también les toque a niñas de su edad. Las flores más bonitas del jardín de su casa, ubicada en el bosque del Parque Arví, las cortó para recordar una de las realidades más atroces —conocidas— que le haya tocado a una niña colombiana.

“¡Whisky!”, grita Martina mientras posa al lado de la silueta sin rostro de Yuliana Samboní, la niña de 7 años que contó con la mala suerte de ser perseguida, violada y torturada por Rafael Uribe Noguera en diciembre del año pasado, en Bogotá. “Decidimos hacer un homenaje por todos los asesinatos infantiles que ha habido y sacamos la imagen de ‘Yo soy Yuliana’ y la cambiamos por ‘Yo soy Martina’”, explica Aura María Gutiérrez, la mamá de Martina, que, a pesar de haberle contado a su hija el significado de la silleta, sabe que ella aún no logra entender que es emisaria de un mensaje tan poderoso.

Martina tiene el privilegio de estar allí, en Santa Elena, en el XX Desfile de Silleteritos, para disfrutar a cabalidad de una niñez que no entiende de dolor ni masacres.

Martina —representando a Yuliana— conformó el grupo de casi 600 niños que recorrieron la vía principal del corregimiento silletero en la tradicional antesala de la Feria de las Flores, bajo el nombre Manos mágicas, que celebra la creatividad de los pequeños antioqueños, indispensable para mantener vivo el patrimonio inmaterial de la festividad más importante del departamento.

Como ellas, también asistió por primera vez Johan Steven Atehortúa, de seis años, que hasta ahora comenzó a relacionarse con la tradición del pueblo de su papá, nacido en Santa Elena. Cargaba un cuadro floral con un campesino, mientras sus primos le enseñaban a dar la vuelta y a quitarse el sombrero cuando tuviera que saludar al público. Se supone que así debe ser eso de ser silletero: un conjunto de destrezas que se heredan y que se van puliendo conforme uno crece, ve, aprende, replica… y Johan lo hizo tan bien que pareció como si desfilara desde que nació.

En el desfile también estuvo Emily, una niña de dos años, la más fotografiada de los que van en coche, uno repleto de flores, porque cuenta con la suerte de tener una mamá y unos abuelos alcahuetas para prepararle el más lindo de todos. “Empezamos a las 8:00 de la noche y acabamos ahorita, a las 2:00 de la mañana”, contó Meilyn, su mamá.

Fue el tercer desfile de su hija, que debutó a los seis meses en ese recorrido y ya es capaz de pronunciar el nombre de la flor que la rodea: “Margarita”, me dijo al oído mientras terminaba de comerse un paquete de boliquesos rodeada de más de 600 flores, como si fuera la escena más cotidiana del planeta.

 

 

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